Hoy queremos presentaros a uno de los colaboradores del curso de formación en terapia Gestalt de Quatro, el psicólogo clínico Paolo Quattrini. Director de «Instituto Gestalt Firenze» con sede en Florencia y Roma. Formador y supervisor de terapeutas en diferentes países (Brasil, Polonia, Italia y España), es experto en teatro terapeútico y eneagrama.

En esta entrevista, Paolo habla sobre el amor, pertenencia y sentido del valor.

Premisa.

Por una calle de Florencia, escritas sobre un muro, se ven estas palabras:

No vas a hacer de mí un caballero del trabajo,
Yo estoy hecho de otra pasta, soy ‘bombarolo’

Bombarolo: (alguien que hace atentados poniendo bombas)

Fabrizio de Andrè

Aquí se incluyen tres instancias básicas del alma humana: amor, pertenencia y sentido del valor.

El primer verso está claramente dirigido a un padre, y se mueve entre un amor hacia él, de la época en que él tenía el poder de convertir a su hijo en alguien, y una distancia ya definitiva entre ellos, imposible de volver a arreglar y expuesta a las bombas.

El segundo verso trata del territorio: el hijo ya ha separado el propio del de su familia, con respecto a diversidad de opiniones y sentido de la vida. Y trata de un sentido del valor destructivo pero heroico, que acaba abatiendo el mundo conocido con las bombas, ya que nada de lo que se le ha dado desde la cultura familiar tiene valor para él.

¿Qué es el territorio, y qué tiene que ver el amor con el territorio?

El territorio ha sido descrito por la etología como uno de los instintos fundamentales el hombre: metafóricamente es el hortus conclausus, ese trozo de tierra en donde uno puede cultivar lo que necesita para sobrevivir, sin que los demás lo cosechen. El amor que une a unos individuos une también sus territorios, que en la relación se convierten en uno solo, que pertenece a todos; luego en su interior se puede construir una gestión democrática, que abarque sus diferencias, o de otra manera existen el autoritarismo y la subordinación, como viene siendo desde tiempos inmemorables entre hombres y mujeres. El amor está tan entrelazado con el territorio que a menudo parecen lo mismo.

¿Y el sentido del valor?

La administración de un territorio requiere una dirección existencial: en el caso de un apartamento, hay que tener en cuenta si es suficiente para las intenciones de esa persona con respecto a su vida, si se encuentra en la ciudad en la cual quiere vivir, si se puede vender o no, etc. Unas consideraciones son simplemente racionales, pero otras requieren un sentido del valor, que proporcione una dirección a las elecciones de uno en una óptica de largo plazo.

¿Entonces pertenecer es una cuestión de territorio?

Claro, como lo es también en sentido económico, las dos palabras son equivalentes.

Por supuesto se puede dar territorio sin amor, pero ¿amor sin territorio?

Se puede, por lo menos hasta que se den casos de fuerza mayor2. Amar a alguien que no nos pertenece es un sacrificio narcisista, pero lleva a una profunda libertad en la relación.

¿Con los hijos también hay un problema de territorio?

Con los hijos en primer lugar: a los padres les cuesta admitir que la casa es territorio de ellos y que los hijos son invitados, y los hijos evitan darse cuenta de ello: es cierto que después de su muerte la van a heredar, pero hasta ese momento es de sus padres, al igual que el dinero, ya que son ellos quienes lo ganan. Lo que no es de los padres es la dirección de la vida de sus hijos, aunque generalmente se suelen apropiar de ella sin pudor, con la excusa de la reciproca pertenencia.

Y si el territorio tiene confines, ¿el amor también los tiene? ¿Cuál es la relación entre los confines del territorio y del amor? ¿El amor supera los confines? ¿Pone más confines?

El amor es como una llama, no tiene confines definidos, el territorio sí: cuanto más cerca estamos del epicentro del propio territorio, más fuerza tenemos para defenderlo, como en el deporte demuestra la expresión ‘jugar en casa’, que implica que ‘en casa’ es más fácil ganar. A menudo el amor supera los confines del territorio, como en el caso de Romeo y Julieta, y allí empiezan los problemas, pero darse cuenta de las consecuencias del pertenecer a veces permite mantener confines razonables.

Si el amor es un fuego, ¿qué es lo que alimenta la llama?

Metafóricamente hablando, la llama del amor quema tranquilamente sola, hasta que la molestan la decepción, la frustración y la rabia, emociones que tienen que ver con el territorio.

Si el amor es generador de libertad, ¿cómo es que caemos del amor a los celos y al miedo a perder, a no pertenecer?

Los celos son un tema de territorialidad, el miedo a perder lo que nos pertenece: no depende tanto del amor, sino de la dificultad de intercambio en la relación, que genera inseguridad en el plano territorial.
Los miembros de una pareja se suelen conocer poco, sobre todo se imaginan, e interpretan la actitud del otro según sus propios miedos: se tratan como si el otro fuera de su propiedad, y piensan que, ya que es suya, a la otra persona le pueden hacer lo que quieren. Luego a lo mejor piden disculpas, imaginando que todo va a volver como antes: pero lo que va a volver como antes a lo mejor es la pertenencia, muy difícilmente el amor, que, como el fuego, se apaga bajo la lluvia.

¿Existe un amor estricto y un amor ancho, un amor con libertad, con mayor capacidad de estar con el miedo a las diferencias?

La falta de libertad, el miedo, tienen que ver con la apariencia, no con el amor; las dificultades territoriales afectan a la cualidad de la relación, trayendo el miedo y el dolor relacionados con el propio egocentrismo.

Pero ¿cuál es la diferencia entre amar y pertenecer?

Amar es una emoción, pertenecer es un hecho social. Amar es un hecho personal, pero pertenecer implica un consentimiento social: un objeto pertenece por herencia o compra, una persona por un ritual socialmente reconocido.

¿Es más importante amar o pertenecer?

Pertenecer confiere seguridad y poder, amar confiere cualidad: hay personas que prefieren una opción u otra, pero las dos cosas suelen estar enredadas y confusas entre ellas.

¿Es imprescindible pertenecer?

Pertenecer es una de las necesidades fundamentales del ser humano, según una observación clínica y no clínica. Hay numerosas formas de pertenecer, pero ninguna está exenta de una cantidad más o menos grande de ilusión, y pertenecer es una de las ilusiones más persistentes de la vida humana. Por otro lado, en el mundo de la psicología, la independencia suele ser indiscutible: ser independiente se suele considerar implícitamente en cualquier caso preferible a pertenecer. Si lo miramos desde un punto de vista relacional, resulta evidente un fallo: ya que la supervivencia implica intercambios entre seres humanos, una exagerada independencia puede generar serios problemas en ese propósito. La independencia de un ser humano es necesariamente relativa, y como tal hay que considerarla: lo importante es ser bastante independientes, como hubiese dicho Winnicott3, y pertenecer bastante.

¿Se pertenece a una sola persona?

Se puede pertenecer a una sola persona, a una familia, a un clan, y así hasta a toda la humanidad entera. Hay formas de pertenecer apretadas, cálidas y que estrangulan como la familia, y otras anchas, frías, por ejemplo las clases sociales o el mundo científico, en donde cada uno realmente está solo, a pesar de pertenecer. Con respecto a las formas cálidas, es interesante el grupo de amigos: aquí la relación depende de una elección, no del destino, y puede que sea suficientemente satisfactoria.

Y cuando te preguntan: ¿a quién quieres más, a papá o a mamá?

No hay medidas para el amor, pero hay medidas para el territorio: ¿perteneces más a tu padre o a tu madre?

En las separaciones más conflictivas ¿se puede decir que los hijos son el territorio por el cual los padres se pelean?

Claro, son peleas territoriales, no son problemas de amor.

Si pertenecer es una ilusión, ¿de dónde viene?

Pertenecer es algo que se suele estipular en los rituales, religiosos o civiles, como la confirmación, el matrimonio, la graduación, las investiduras variadas o también simplemente los contratos: las sanciones sociales para quienes no respetan todos estos tipos de contratos suelen ser graves. El ritual es un instrumento de interiorización: se dice ‘nadie disuelva lo que el cielo ha unido’, y con esto se ve por ejemplo como el matrimonio tiene lugar en un espacio diferente del que parece. Si consideramos que los espacios posibles son tres, el exterior, que es demasiado concreto para ser sagrado, el inconsciente, donde no hay significantes con lo cual no hay historia, el único que queda es el transicional de lo imaginario, el que es habitado por imagines y palabras. Se entiende entonces el sentido de lo sagrado de la palabra, (en principio era el verbo, la palabra dada es sagrada, etcétera), porque es desde allí que viene la sacralidad del ritual: se entiende entonces como de consecuencia el testimonio falso necesariamente aparece en el listado de los pecados capitales.

Y ¿qué es lo que determina la pertenencia al grupo de amigos?

Un amigo es un aliado: en el mundo animal esto se denomina ‘reorientación de la agresividad’. Un amigo es alguien que en una situación difícil se ha posicionado en contra de tus enemigos, no por ventajas personales sino por algo tan efímero como son los enamoramientos: cuanto más fuerte ha sido la alianza, más el pacto resulta sólido.

¿Cuál es la relación entre destruir y el sentido del valor?

Winston Churchill, un hombre profundamente pacifista, como aparece en su biografía, fue uno de los artífices de la segunda guerra mundial porque comprendía la importancia para la humanidad de destruir el nazismo: en él, sentido del valor y necesidad de destruir una amenaza coexistían claramente.

¿El sentido del valor coexiste siempre con el deseo de destrucción?

A menudo es imposible crear formas nuevas sin destruir otras antiguas. ¿Por qué un niño termina destruyendo el castillo de arena que acaba de crear con paciencia? Porque construirlo no implica conservarlo, existe el placer de crear y el de destruir, y como decía De Coubertin, lo importante es participar. El sentido del valor no tiene que ver con esto, tiene que ver con la aventura de la creación, que sin la guía del valor no es tan fascinante.

¿El valor tiene que ver con la autoestima?

No, esa es un producto del narcisismo. En el deporte, ser hincha es una manera de ser alguien: los aficionados están orgullosos de su equipo, pertenecen a un equipo y el equipo les pertenece a ellos, de tal forma que cuando el equipo gana, ellos también ganan. En la antigüedad, al no poder ser Señores, varias personas estaban orgullosas de poder llevar la librea de un cierto señor; también a día de hoy en Japón muchos están orgullosos de trabajar en una empresa económicamente poderosa. Aparece evidente como en el pensamiento infantil pertenecer permite identificarse: ser hijo de una familia importante permite considerarse importantes, y tener el derecho de pretender lo que a los demás no les es permitido. Aunque se podría llamar autoestima, desde luego no se trata de sentido del valor.

¿Con qué está relacionado el sentido del valor?

Al no ser un objeto, el valor tiene necesariamente que trascender lo concreto: en este sentido es la guía para un comportamiento amoroso y también para una forma aceptable de pertenecer, donde las ventajas transcienden las desventajas y el futuro está por crear.

¿Como puede ser aceptable una forma de pertenecer?

Al pertenecer, uno siempre corre el riesgo de acabar perdiéndose, con lo cual pertenecer tiene que implicar ventajas que lo justifiquen: por ejemplo, que una casa le pertenezca a alguien le permite utilizarla como quiere, y merece la pena tenerla, aun a pesar de los impuestos y de la posibilidad de perderla (por terremotos, guerras, desastres económicos, desastres políticos, etcétera). En cambio, no se puede decir lo mismo de un castillo, que puede implicar una carga económica inaceptable. El pertenecer a una persona puede proteger de la ansiedad, pero si se da de forma demasiado rígida se convierte en una cárcel, y el hecho de que muchas personas se resistan al matrimonio tiene que ver con esto. En fin, no existen recetas para el pertenecer, como en todo lo humano hay que dar un golpe al círculo y uno al barril y averiguar si el resultado es satisfactorio.

Si no perteneciera a nada y a nadie, ¿cómo sería mi vida?

Los seres humanos tenemos una autonomía en el plano corporal mucho más que en el psíquico, es decir psíquicamente navegamos en el mar de las relaciones con los demás y cambiamos con las corrientes de estas relaciones. Si a los ermitaños católicos les hubiera llegado la noticia de que el Vaticano había cerrado, posiblemente hubiesen vuelto a su casa: se quedaban en el desierto porque había una tierra a la que pertenecer, y quedarse allí tenía sentido en relación con su grupo de pertenencia. No pertenecer de forma radical es un poco una abstracción, es difícil imaginarse algo humano sin interés de pertenecer. Lo importante sería pertenecer de forma cálida, sin creérselo demasiado, y de forma fría, sin esperarse mucho.